> Inmigración

Nuevo México

El sueño de inmigrante por llegar a EEUU se tornó en pesadilla

imprimir enviar newsletters

Al filo de la medianoche, el enorme camión se desvió de la carretera que atraviesa el desierto y se internó en un camino secundario de tierra para iluminar con sus luces delanteras un conjunto desolado de casas rodantes.

El imponente vehículo de 18 ruedas, que hacía el trayecto entre El Paso y Dallas, redujo la marcha, apagó las luces y maniobró marcha atrás hasta que la cabina de carga quedó frente a la puerta delantera de una de las viviendas.

Uno de los inmigrantes yace dentro del camión  - AP AP
Uno de los inmigrantes yace dentro del camión
Huecos que trataron de abrir los inmigrantes con una tijera en la puerta del camión  - AP AP
Huecos que trataron de abrir los inmigrantes con una tijera en la puerta del camión

Jason Sprague descendió del camión, abrió las pesadas puertas traseras y luego entró en la casa para recibir su paga.

Allí fue cuando los vio. A la luz mortecina de un bombillo en el techo, docenas de personas harapientas aguardaban silenciosamente en dos filas que serpenteaba entre la cocina y la sala; los hombres de un lado, y las mujeres y niños del otro. Algunos aferraban pequeños bolsos; otros tenían algún bulto de ropa.

Evitando sus miradas, Sprague se apresuró a entrar en el baño donde lo aguardaba una mujer que le entregó un sobre con 3,000 dólares. "Recibirá el resto cuando se complete la operación".

Sprague regresó al camión y se encaramó frente al volante mientras la mujer y un socio de ésta se ocupaban de la carga humana.

Le habían dicho que habría 32 personas, inmigrantes indocumentados que habían logrado cruzar el Río Grande hasta este punto de concentración a 32 kilómetros de El Paso. Ahora debía trasponer un puesto de control de la Patrulla Fronteriza para desembarcarlos en una parada de camiones en Dallas.

Mientras los inmigrantes se trepaban al compartimiento de carga, Sprague sentía el golpeteo en los amortiguadores. No contaba cuántos subían, pero el ruido se repetía una y otra vez. ¿Cuánta gente estaban cargando?

"Uno por uno", oyó que decía alguien.

En la fila, Luciano Alcocer estaba satisfecho de volver a estar en movimiento. Ocho días antes, el carpintero residente en la capital mexicana se había despedido de su esposa e hijas. No lloren, les dijo a los niños desconsolados; ésta puede ser nuestra salvación.

Las compañías que solían comprar las mesas y escritorios que él construía habían cerrado. Pero en Estados Unidos había trabajo. Un familiar que ya estaba allí había hecho los arreglos enviando unos 1.500 dólares a los "coyotes", o contrabandistas de inmigrantes. Y le dio a Alcócer un número de teléfono para llamar una vez que llegase a Ciudad Juárez, urbe fronteriza mexicana.

Alcocer siguió las instrucciones. Tomó contacto con un coyote que le hizo vadear el Río Grande con agua hasta el pecho. Una vez en El Paso lo recogió un automóvil.

Durante días se había escondido en el interior de la casa rodante, donde dos miembros de la banda de contrabandistas cobraban a los indocumentados 5 dólares por tres paquetes de fideos y 10 dólares por cajas de seis latas de cerveza.

Ahora, pasada la medianoche del 27 de julio del 2002, el carpintero de 41 años y pequeña estatura, con el único bagaje de su esperanza y dos sudaderas, se trepó a la escalinata para subir al compartimiento de carga del camión.

Dos de los otros, Pioquinto Cabrera y Guillermo Gallo, lo tomaron de los brazos y le ayudaron a subir. Adentro estaba oscuro y repleto de gente.

El camión remolque de 16 metros estaba lleno casi hasta el techo de cajas de cartón prensado de suministros médicos fabricados en México con destino a Wisconsin.

Alcocer trepó sobre una caja. Estirando las piernas tocó el techo.

La caravana humana --unos 40 en total-- siguió subiéndose y acomodándose donde podía. Otras siete personas, todas mujeres y niños, se acurrucaron en las cuchetas detrás del asiento del conductor.

Alcocer miró a su alrededor. Allí estaba José Gastón Ramírez, un zapatero de Cuernavaca de 49 años que se proponía ir a Chicago para reunirse con su hija.

Edson Rojas, un muchacho delgado y alto de 16 años, de México DF, ávido de encontrarse con su padre en Kansas, trepó ágil y encontró un rincón. Al igual que varios otros, había pagado extra para viajar en las cuchetas de la cabina, pero igualmente lo mandaron atrás con el grueso.

Algunos pocos insinuaron alguna queja, y los coyotes les dijeron que si no les gustaba se volvieran a México.

Cabrera y Gallo fueron los últimos en trepar sobre las cajas de carga. Cabrera, de 28 años, viajaba de Veracruz a Kentucky para trabajar en los ranchos ganaderos. Gallo, de 32, iba de la capital mexicana a Nueva York para trabajar en un restaurante.

"¡Silencio!", les ordenaron imperiosamente. Especialmente debían estar callados en el cruce fronterizo.

Todavía resonaba esa orden cuando se cerraron las pesadas puertas y la carga humana quedó sumida en la oscuridad.

A Alcocer le pareció que repercutía un cerrojo. Era como si las puertas cerraran la vida de privaciones que dejaría atrás. Pero más adelante le sugeriría una metáfora diferente: las puertas a la muerte.

El motor arrancó y el camión partió lentamente.

Era el comienzo de un viaje hacia un sueño que comparten miles de inmigrantes indocumentados. Pero éste terminaría casi un año y medio después... en un tribunal de la justicia federal.

Eran casi las 4 de la madrugada cuando Sprague recogió a su copiloto Troy Dock en El Paso. Dock había contrabandeado inmigrantes antes, pero para Sprague era la primera vez y estaba nervioso. Como todavía faltaban por lo menos 10 horas para llegar a Dallas, se preguntaba si no convenía cancelar la operación.

Pero estaba el dinero de por medio: otros 1.200 dólares después de dejar su carga humana en la parada de camiones. Dock manejó mientras Sprague dormitaba.

Dock, de 30 años, era bajo y fornido con cara de ángel. Sprague, de 27, tenía la musculatura del jugador de fútbol estadounidense que había sido en la escuela secundaria, con una barba de perilla y su nombre tatuado en el brazo.

"Tweedledee y Tweedledum", los llamaba un conocido aludiendo a la pareja de bonachones torpes de Alicia en el país de las maravillas. Acababan de ser contratados como choferes para Boyd Logistics Inc. de El Paso cuando el contacto de Dock en Ciudad Juárez, Pat Valdés, llamó para decir que tenía una carga lista.

Ahora, mientras transitaban la ruta interestatal 10, sonó el teléfono celular de Dock. Era Valdés para ver por dónde andaban y especialmente si ya habían pasado el puesto de control.

Dock prometió llamar cuando lo hubiesen transpuesto.

A una hora y media al este de El Paso se acercaron al puesto de control de la Patrulla Fronteriza en Sierra Blanca, uno de una red dispuesta para interceptar el paso de indocumentados y de drogas.

En la oscuridad del hacinado compartimiento de carga, los inmigrantes se comunicaban en susurros en español. Alcocer escuchaba pacientemente mientras un peluquero argentino narraba sus planes de trabajar en Los Angeles.

"Tengo sed", musitó alguien. Uno de los hombres usó el dial iluminado de su reloj pulsera para localizar una jarra.

Instantes antes del alba, Alcocer sintió cómo el camión reducía la marcha. Supuso que era el puesto de control. Todo el mundo calló instantáneamente.

Una idea le obsesionaba: los coyotes habían prometido que la cabina de carga tendría aire acondicionado, pero estaba asfixiante.

Afuera, la carretera estaba iluminada por luces brillantes. Dock frenó detrás de una línea de camiones que desfilaba por el puesto de control con lentitud de tortuga.

El paso por el puesto se parecía a una ruleta rusa. A algunos camiones los detenían para revisarlos y a otros los dejaban pasar así nomás. Dock estaba tentando a la suerte: ya había pasado dos veces antes con otras cargas de indocumentados.

Sintió un nudo en el estómago. Pero aun antes de detener completamente el camión, el agente le hizo señas de que siguiera. Dock respiró aliviado mientras Sprague seguía en el séptimo sueño.

Media hora después, Dock se detuvo en una parada de camiones para tomar un trago. Con señales, ya que apenas hablaba español, preguntó a los que estaban en las cuchetas detrás de su asiento si querían algo. Le dijeron que no. No quiso abrir la cabina de carga por temor a que alguien viera a los inmigrantes. Además, las órdenes de Valdés habían sido de mantener las puertas cerradas.

El sol despuntaba en el horizonte cuando Dock retomó la interestatal. Todavía le faltaban siete horas y media hasta Dallas.

Dentro de la cabina de carga, Alcocer se humedeció un dedo con saliva y lo elevó para ver si sentía algo de aire en movimiento. Nada.

Por las rendijas de las puertas se filtraban hilillos ínfimos de la luz matutina. La temperatura en el exterior subía cada vez más y se acercaba a los 35 grados centígrados (95 Fahrenheit).

Rojas, de 16 años, se sacó la camisa. Alcocer hizo otro tanto. Sentía cada vez más sed pero ya no quedaba agua en las jarras. Ahora eran orinales.

"No hay aire", se quejó una mujer en un susurro.

De pronto un joven vomitó.

Algunos de los migrantes trataron de acercarse a las puertas en la esperanza de que se filtrara algo de oxígeno.

Alcocer oyó algo que se desgarraba. Otros arrancaban las tapas de las cajas de cartón y se abanicaban furiosamente. Alcocer también lo hizo pero pronto se sintió exhausto.

Hurgando las cajas, alguien encontró unos tubos de plástico y empezó a distribuirlos. Los que estaban en la parte trasera arrancaban los burletes gomosos en los intersticios de las puertas en búsqueda desesperada de aire, y luego introdujeron con fuerza el extremo de un tubo por la hendedura para tratar de respirar por la otra punta.

Nada.

Gallo empezó a arrancar las cubiertas de madera terciada que recubría el interior de la cabina y se lastimó los dedos. Alcocer trató de ayudarlo golpeando la madera con los codos. Lograron desprender algunos pocos trozos, sólo para dejar al descubierto el aluminio de las paredes.

¿Será posible hacer un orificio?, preguntó alguien.

Alcocer pensó en el peluquero. ¡Debía tener tijeras!

"No, mi amigo", respondió éste. Su juego de implementos le había costado mucho.

De pronto todas las miradas convergieron en él en la semipenumbra. "¡Dámelas!", exigió Alcocer imperioso.

Gallo le arrebató las tijeras. Empezó a apuñalar el aluminio una y otra vez y logró abrir dos orificios minúsculos antes de que las tijeras se retorcieran.

Lo habían intentado todo. Sin resultado. La temperatura en la cabina de carga aumentaba implacable. Más adelante, la policía calculó que alcanzó los 65 centígrados (150 F).

"Tengo sed", clamó Alcocer. Alguien le alcanzó una jarra. Sabía qué había en ella, pero la desesperación era superior al asco. Bebió.

En la cabina del conductor, el rugido del motor le impedía oír los ruidos sordos de la cabina de carga. Sprague y Dock seguían sin saber qué ocurría. Mientras cruzaban las praderas en las afueras de Odessa abrasadas por el Sol, pusieron una grabación de Garth Brooks en el pasacasetes y encendieron el aire acondicionado de su cabina.

Atrás, los desesperados pasajeros golpeaban las paredes, las puertas, el techo. Los ruidos se multiplicaban pero a Alcocer, en un sopor inducido por la falta de oxígeno, le llegaban con sordina.

Muchos se desgañitaban: "¡Abran!" "¡Abran!"

Una adolescente, ofuscada, reptó hacia las puertas gritando "¡Llamen al 911" "¡Llamen a alguien!"

En la oscuridad asfixiante, Alcocer vio cómo José Gastón Ramírez yacía inerte sobre las cajas. Horas antes, en la casa rodante, había roncado de lo lindo mientras dormía, pero ahora no hacía un solo ruido.

Pioquinto Cabrera se le acercó aferrando una jarra con orina. Alcocer le pidió otro trago. No, le respondió Cabrera. Es para una de las damas.

Otro de los viajeros se sacó la camisa, se la puso en la boca y la estrujó para tratar de beber su propio sudor.

Las alucinaciones no tardaron en manifestarse. "¡Por allí arriba pasa un helicóptero!", gritó alguien. "Lo sigue la policía!", replicó otro. Y siguieron las fantasías: "Tengo una pistola: voy a reventar las gomas", se oyó.

No quiero morir, reclamó alguien.

Alcocer musitó una plegaria: "Dios, estoy en tus manos. Cuida de mi familia".

Después inclinó su cabeza y cerró los ojos.

Aviso sobre serie especial sobre indocumentados "Viaje Mortal"

El lunes 10, martes 11 y miércoles 12 de mayo se enviará una serie de notas preparadas por Pauline Arrillaga sobre un acontecimiento que puso de manifiesto los azares del contrabando de inmigrantes indocumentados a Estados Unidos por la frontera mexicana.

La serie, que totaliza 6.150 palabras, consiste en tres notas sucesivas y ligadas entre sí con detalles de un viaje fatal que dejó muertos entre inmigrantes encerrados durante horas en un camión sin aire ni agua; la investigación posterior y sus resultados.

La investigación se basa en exhaustivas entrevistas con víctimas, victimarios y autoridades; transcripciones de interrogatorios de detenidos y de juicios, e incluye un recuento detallado de la tragedia vivida por los protagonistas. Cada una de las tres notas va acompañada por varias fotos AP.

NOTA DEL EDITOR:

Las escenas dentro del camión se basan en entrevistas en la prisión con Troy Dock y Jason Sprague, transcripciones y vídeos de sus interrogatorios policiales, y testimonios judiciales de migrantes que iban en las cuchetas en la cabina del conductor.

La descripción de la carga se basa en entrevistas con Sprague y Luciano Alcocer y el testimonio de otros migrantes. Los desplazamientos del camión fueron indicados por los dos choferes y el Sistema de Posicionamiento Global, GPS, del vehículo obtenida de los registros judiciales del caso. La descripción de lo ocurrido en el interior de la cabina de carga se basa en testimonios de doce migrantes, entre ellos Alcocer y Guillermo Gallo.

La identificación de los migrantes se hizo en base a testimonios de ellos mismos, historiales médicos, certificados de defunción y registros judiciales. Las citas directas aparecen tal como las recuerdan quienes las pronunciaron o las oyeron.

subir

Terra/AP

imprimir  enviar newsletters